La festividad de la Virgen del Río reúne una serie de tradiciones folklóricas y religiosas, que se concentran en torno a la tradicional danza a la Virgen que los gomellanos bailan delante de su patrona; sobre ella hemos reunido una serie de notas y documentos gráficos, que compartimos con los lectores de Gomelia.

Apuntes sobre la tradicional danza a la Virgen del Río

Es costumbre en los pueblos de Castilla, y por tanto en la mayoría de los que nos rodean, bailar delante de las imágenes de los patronos, Virgenes y santos, el día de la fiesta. Sin embargo, y pese a lo que pudiera pensarse, esas danzas tradicionales no se han mantenido inamovibles a lo largo del tiempo, sino que como tradiciones vivas que son han sabido adaptarse a los cambios de la sociedad.

Hasta donde la memoria alcanza de las personas de más edad de Gumiel, que a su vez lo han oído contar, sabemos que en la segunda mitad del siglo XIX, principios del XX, la danza a la Virgen del Río la interpretaban ocho hombres más un zarragón.

Todos iban ataviados con vestimentas blancas, que consistían en camisa blanca, pololos blancos, enagüillas blancas, medias blancas de algodón y alpargatas con cintas rojas. Se adornaban con cintas de seda de diferentes colores, atadas a la cintura y anudadas atrás, y solían llevar también pañuelos de seda sobre la camisa, siempre según las posibilidades de cada uno.

El zarragón, que iba delante y en el centro marcando el ritmo, se distinguía por portar y tocar dos enormes castañuelas.

Ya en pleno siglo XX el número de danzantes se liberó y empezó a bailar a la patrona todo aquel varón que lo deseara. Con esta incorporación de los «gomellanos de a pie» a la danza, se fueron olvidando pololos y enagüillas, aunque algunos de los mozos que hacían de mulilleros en las entonces habituales corridas de toros que se hacían en la plaza, aprovechaban la vestimenta —pantalón blanco y faja y pañuelo rojos— para lucirla también por la mañana ante la patrona.

Por esos tiempos tocaban la consabida tonada el tio Gaitero, el tio Campeche y el tio Puerro, entre otros.

Al desaparecer las corridas de toros —la última debió ser hacia 1953— los mozos olvidaron esta vestimenta para lucir lo mejor de sus trajes de fiesta, y lucir la camisa blanca, convenientemente arremangada, ante la patrona, como puede apreciarse en las fotos.

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Como ocurría en el resto de los pueblos, el bailar a la Virgen era «cosa de hombres», estando las mujeres relegadas a ir en la procesión detrás de la imagen. Tampoco bailaban, porque a fin de cuentas baile era, ni los seminaristas ni los que iban para frailes. Era cuestión de «costumbre», pero quien esto escribe recuerda que muy a finales de los años 60, el entonces alcalde, sabedor de que la cuadrilla de su hija y su propia hija, intentaban bailar a la Virgen, lanzó una advertencia expresa de que si se atrevían a hacerlo las sacaría de la fila por la fuerza y les impondría una sanción. No eran tiempos para enfrentarse a la autoridad, y más si el la autoridad era el propio padre, así que las jovencitas tuvieron que obedecer. Muy pocos años después, los hechos se impusieron a la costumbre y a las prohibiciones —tácitas o expresas—, y las mujeres se fueron incorporando a la danza, primero en los últimos puestos, y luego de forma callada y natural fueron ganando puestos en la fila.

Mozos posando en la Virgen

A la Virgen del Río se iba con las mejores galas, los hombres con el traje, como puede apreciarse en la foto, y las mujeres con sus mejores vestidos, siendo costumbre estrenar ese día, caso de que no se hubiera hecho en la Virgen de Agosto. Las camisetas de las peñas llegaron cuando esta prenda se popularizó para los días de fiesta.

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Desde que se eligen reina, damas y últimamente galanes, los primeros puestos en la fila se reservan para ellos, siendo acompañados por algún familiar, y no deja de ser pintoresca la imagen de la reina o damas, con sus mejores galas, incluida la banda de honor, y calzadas con deportivas para poder bailar con más comodidad. En la actualidad, los siguientes puestos en las filas se ocupan según un riguroso turno de llegada, hecho que ha terminado con algún viejo «privilegio».

Como todos sabemos, hoy se alternan dos tonadas y dos modos de bailar a la Virgen: La tradicional marcha de la Virgen, hacia adelante y hacia atrás, mirando los danzantes hacia la imagen. Los que van al cargo de la carroza marcan el ritmo de la marcha, que se autorregula, aunque hubo un tiempo no muy lejano en el que un espontáneo marcaba el ritmo provisto de un pañuelo rojo. A intervalos regulares se baila la jota tradicional, situándose los bailarines uno enfrente del otro. Entre una tonada y otra se descansa y pasa el jarro con agua o vino, para refrescar a los danzantes, que forman una fila multicolor.

De especial intensidad y emotividad es la entrada de la Virgen en la ermita, pues los danzantes siguen bailando dentro durante bastante tiempo y llevando con las palmas el ritmo de la música de los dulzaineros, que bajo techo suena mucho más fuerte.

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Ahora bien, ni la danza ni la fiesta termina en la ermita. La fiesta sigue por el pueblo durante toda la tarde, no faltan las jotas en los barrios y los vivas a la Virgen. Así, calle tras calle, ronda tras ronda, hasta la traca final por la noche.

Fotos antiguas y vídeo cortesía de Mariví Iturriaga.

 

María del Carmen Ugarte