En el capítulo de los rincones gomellanos, prestamos atención hoy al barrio de Los Mesones.

Calle Real con Los Mesones al fondo (1977)

Calle Real con Los Mesones al fondo (1977)

El arco que da entrada a nuestra villa por el Norte es uno de los rincones más característicos de Gumiel, sin embargo, no es este arco, conocido por los gomellanos como arco del matadero por estar anejo a este edificio municipal, el que ha dado nombre al barrio, y más concretamente al tramo final de la calle Real que se abre en una placeta cuadrada de regulares dimensiones. Fueron los mesones o posadas que hubo en otro tiempo en ella los que dieron nombre al barrio.

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La razón de que hubiera varios mesones y posadas en el pueblo, proviene de que por un lado Gumiel estaba situado en el camino Real a Francia, y por otro se celebraban aquí dos ferias anuales. Este lugar a la entrada del pueblo resultaba ideal para la ubicación de estos establecimientos hosteleros. La memoria todavía viva nos recuerda la existencia de dos posadas o mesones en este emplazamiento.

El primero, de dimensiones importantes, ocupaba la última casa según se baja por la calle Real a mano izquierda, actualmente de la familia Martín Contreras. Uno de sus antepasados, el conocido como tio Pichón, regentó este establecimiento a finales del siglo XIX, principios del XX.

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Contaba en la planta baja con una amplia cuadra para el ganado con pesebres todo alrededor, y una igualmente amplia cocina que servía de comedor.

El otro mesón, más modesto, ocupaba la vivienda que hoy lleva el número 88 de la calle Real. También contaba con amplio zaguán y sala donde se acogía a los huéspedes. Tanto en un caso como en otro se han conservado las puertas carreteras por las que en otro tiempo entrarían carros y caballerías.

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Si hemos de hacer caso a los testimonios dejados por algunos viajeros, los mesones y posadas hasta la posguerra solían presentar un aspecto destartalado, con casi más atención al servicio de los animales que de los huéspedes. Estos solían compartir espacios comunes, quedando los cuartos individuales reservados para los de superior categoría.

Así, encontramos descrita en un libro francés de principios del siglo XX, escrito por un par de viajeros tras las huellas de santo Domingo, una de las posadas gomellanas, que probablemente no sea ninguno de los dos mesones de los que estamos hablando, ya que se dice que venían de Aranda y que «no se adentraron mucho en la población», un dato más en favor de la abundancia de establecimientos hoteleros en el pueblo.

La descripción no es muy favorable, en general estos viajeros no hablan bien de ninguno de los establecimientos encontrados en su viaje, y probablemente exageraran al no encontrar lo que esperaban, pero no deja de ser un testimonio histórico sobre la otrora vida del pueblo, por lo que lo reproducimos en traducción propia:

No nos adentramos mucho en la población; es mediodía y tras encontrar la posada llamamos a la puerta: ella sobrepasa en miseria lo que ya hemos visto. Tras pasar por un cobertizo y subir unos travesaños de madera a modo de escaleras, se nos conduce entre paredes desconchadas donde se seca la colada. Un gato ronronea al sol. Bancos alrededor de una mesa de anacoreta esperan a los viajeros, tan raros como hambrientos. El hijo de la casa, Leandro, un niño con las piernas al aire, nos sirve unos huevos pasados por agua, y un paquete de galletas añejas, todo ello regado con el vinillo agrio de la propia cosecha, al que la permanencia en los odres ha dejado un aroma poco agradable.(1)

No estaría completo este capítulo dedicado al barrio de Los Mesones sin hacer mención al caño, que hasta bien avanzados los años 60 ocupó la parte sur de la placeta. Durante muchos años, y antes de que se hiciera la fuente de la plaza y se trajera el agua de Fuentelaenebra, este caño proveía de agua potable tanto para animales como para personas.

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El manantial se situaba en el cruce de la calle Real con la calle de San Roque, y el agua sobrante se canalizaba  junto al matadero para desaguar en la regadera que corre por detrás del arco. Hoy está convenientemente soterrada, pero este hecho nos da una idea de lo rico en aguas subterráneas que es el subsuelo de Gumiel, donde no faltan los pozos y las corrientes de agua.

Texto de María del Carmen Ugarte basado en testimonios orales

Fotografías: Pedro Ontoria y María del Carmen Ugarte

Notas

(1) KIRSCH B. y ROMAN H. S.: Pélerinages dominicains. Espagne-France.Italie. París. Desclée de Brouwer & Cie. 1920. p. 46.