banco solitario
Estaba el banco en la solana,
invitándome, sin dudar
a mis posadoras posar,
—valga la rebuznancia—,
sobre sus relucientes tablas,
y mi espalda repochar,
en su compañera hermana.

 

Por raro que parezca,
el banco vacío se hallaba,
y yo me preguntaba,
cómo y por qué a aquella hora
el banco sin nadie estaba.

 

Me repantingué a placer,
ajusté bien la espalda,,
y hasta aproveché el calorcillo
para ajustarme el calzoncillo,
que en la entrepierna enredaba.

 

Estuve allí un buen rato,
y cuando llegué a casa,
¡ay!, ¡ buena me la armó la mujer,
cuando me miró la espalda!

 

¿Qué has hecho, remaldecido,
adanazo, so babieca, Juan Lanas?
¿No te has fijado cómo vienes,
llena de sellos la espalda?
¡Y encima la de los domingos!
¿De qué son esas manchas?

 

Pero, ¿tú te has visto?
¿Qué has hecho con el pantalón?,
que esto no lo ahueca el fairi.
¡Ay, Dios!, ¡ay, Dios!

 

¿Qué sé yo, mujer?
Tampoco es para ponerse así,
que habrá sido en la iglesia,
y será cera de las velas.

 

Ni cera, ni cero,
que esto es más pegajoso
y además algo más blanco.
A saber dónde habrás estado,
¡qué clase de pájaro te habrá cagado!

 

¡Qué dices, mujer!
Que a la salida la iglesia,
me fui por el camino la Virgen,
que está muy rebonito,
aunque se seca más de un arbolillo.
Y como hacía solillo,
y no demasiado calor,
quise aprovechar el sol,
sentándome en un banquito.
Yo no vi  ningún pajarito
a mi alrededor.

 

¡Cómo se te ocurre, Adán!
Si es que no te enteras,
que los bancos son de adorno,
y no para las posaderas,
que están llenos de resina,
por haberlos hecho en verde,
así que ¡a esperar a que se sequen!

 

¡Mujer, yo qué sabía!
Me entró flojera y vi el banco…

 

¡Parda la hemos líado!

 

(Firmado: El tío Damián)