Nuestra colaboradora María del Carmen Ugarte nos deja sus impresiones sobre la película Desde que el mundo es mundo, rodada en la ribereña localidad de Vadocondes.

No es el primer trabajo en la Ribera del cineasta austriaco Günter Schwaiger. Anteriormente había indagado en el mundo rural ribereño a raíz de la exhumación de los cuerpos de algunos de los fusilados durante los primeros días de la guerra civil: Santa Cruz… por ejemplo, que puede verse íntegramente en Internet.

A raíz de aquel trabajo y de las conversaciones con Luis Gonzalo Martínez, una de las personas que aparecen en el primer reportaje, vio la posibilidad de contar, paso a paso, mes a mes, estación tras estación, la vida de un labrador ribereño en el siglo XXI, y así surgió Desde que el mundo es mundo.

fotograma de la película Desde que el mundo es mundo donde se ve a Gonzalo descansando en el portal de su bodega y bebiendo un trago de vino del porrón

Fotograma de la película Desde que el mundo es mundo (Fuente: http://www.mosolov-p.com/)

Se abre la película-documental con la matanza del cochino, tal como se había antiguamente y se sigue haciendo todavía en algunas casas. La casa de Gonzalo es una de esas casas, su mujer, Rosa, los hijos y algunos familiares se emplean en la tarea de chamuscar el cochino, estazarlo, hacer el picadillo, las morcillas, salar los jamones…

Gonzalo tiene cincuenta y muchos años, su hijo mayor, al que llaman el Punki en el pueblo —Vadocondes—, veintiocho y trabaja con su padre en el campo. Su mujer es enfermera en el hospital de Aranda y en un momento de la película Gonzalo confiesa que el sueldo fijo de su mujer es el que sostiene la casa, aunque esta le corrige: «yo diría que al cincuenta por ciento». Los otros hijos estudian, el mediano, Rodrigo, ha terminado veterinaria y el pequeño, Guillermo, dice que quiere estudiar algo relacionado con los montes, pero que no quiere ser labrador. Todos echan una mano en el campo cuando hace falta: la vendimia, la recogida y  selección de las patatas.

Gonzalo es lo que en otro tiempo se llamaba un «labrador fuerte». En Vadocondes, su pueblo, tiene una buena casa con todas las comodidades, una cocina —donde se desarrollan buena parte de las escenas de interior— amplia en la que no faltan las últimos electrodomésticos, y cerca un huerto más un corral donde a su aire conviven gallinas, patos y pavos. También hay tienen su rinconcito en la casa varios perros y una gata con sus gatillos.

A Gonzalo no le falta ninguno de los aperos que uncidos a un tractor no muy nuevo, pero que tira, le ayudan en la labranza, siembra y recogida de una amplia producción de regadío: patatas, maíz y remolacha son los tres cultivos en los que emplea sus tierras, tierras regadas por modernos sistemas de aspersión. Siembra también cereal y completa su hacienda con una viña más que regular: su padre se había dedicado a preparar plantones de viña, pero la prohibición en su momento de poner más viñas le llevó a la ruina. Gonzalo de rabia arrancó todas las viñas, pero más tarde se compadecería de su padre y pondría una única viña que pudieran llevar entre los dos; ahora le ayuda su hijo.

Gonzalo parece disfrutar de su trabajo, y a su hijo mayor no le disgusta porque le da libertad y él es su propio jefe. La relación con su padre, que de vez en cuando le echa broncas por no regar a tiempo las patatas, llevadera. Los ratos de ocio del padre se consumen en la bodega con los amigos, probando el clarete —«el vino está terrible, ¿eh?»—, echando unos párrafos con los amigos. El hijo parece seguir sus pasos al abrigo de las cubas, degustando el vinillo del año con los amigos y dándose un garbeo por esos campos con la moto. La llegada del verano y los veraneantes —«a pesar de que molestan no dejan de ser una maravilla», pues el pueblo cobra vidilla con las fiestas y el colorido de las peñas—, supone un cambio en los hábitos de los vadocondinos residentes.

El director, Günter Schwaiger, reflexionaba en un programa para TVE acerca de la soledad de estos últimos labradores, de estos pueblos que van perdiendo población día a día, a pesar de la longevidad y lucidez de algunos vecinos. Gonzalo parece estar solo en el pueblo en su tarea, tampoco parece tener relación con otros labradores de pueblos vecinos que le ayuden a mejorar su explotación o a obtener mejores condiciones para sus productos. En la agricultura «todos los años son malos, aunque sean excepcionales», dice a su vez Gonzalo con una prudencia heredada de los viejos labradores castellanos.

«Si el cielo de Castilla es alto es porque lo habrán levantado los campesinos de tanto mirarlo», aseguró Delibes pasando revista a las distintas plagas meteorológicas —la sequía, las heladas a destiempo, las tormentas de julio, etcétera— que daban al traste con las cosechas en Castilla.  Años más tarde, en 1979 (Castilla, lo castellano y los castellanos), entrevió este autor una esperanza para el campo, a pesar de que el clima seguía siendo una amenaza:

Afortunadamente la reciente, y todavía modesta, mecanización del agro, la siembra de cereales tremesinos, la subsolación profunda, la concentración parcelaria, el abandono de tierras marginales y los tímidos ensayos de irrigación, van alejando poco a poco el fantasma de la cosecha catastrófica, pero, a pesar de todo, Castilla sigue dependiendo del clima.

Ya muy entrado el siglo XXI Gonzalo ha conseguido ese estatus ideal del campesino que veía Delibes como esperanza: las parcelas son suficientes, aunque cada vez necesite labrar más para conseguir lo mismo, tiene maquinaria suficiente, agua en abundancia, tierras productivas, y no parece que el clima le haga grandes destrozos, sin embargo…

Gonzalo, un individuo solo, tiene que enfrentarse no solo al jabalí que se encapricha con sus maíces, a los furtivos que le plantan maría entre el maizal, a las heladas que le merman considerablemente la cosecha de remolacha ya cosechada. Año tras año tiene que enfrentarse a las exigencias de los proveedores de semillas que a su vez son los que le compran la cosecha: «De una año para otro la semilla no sirve, crece la planta pero las mazorcas no llegan a granar», y en esa lucha sí que un hombre solo tiene todas las de perder.

Por lo demás, la película que dura hora y media bien larga, nunca aburre. Se ríen los chistes y salidas del personaje, se disfrutan los paisajes, los  contraluces y las fotos. En definitiva, una película muy del siglo XXI que recuerda lejanamente cómo pasan los días desde que el mundo es mundo.

María del Carmen Ugarte