María del Carmen Ugarte se apoya en una fotografía de Concha Arias para hablarnos de una excelente y olvidada novela de tema castellano: En la hoguera.

No juzgues un libro por su portada (don’t judge a book by its cover), dicen los ingleses, pero a veces conviene no hacer caso a los refranes y dejarse enganchar por una buena portada.

Es el caso de la novela que hoy me propongo comentar para Gomelia, y por supuesto recomendar, a sus lectores: En la hoguera de Jesús Fernández Santos, una de sus primeras novelas (1957). En cualquier caso la edición que he manejado no es una antigua, sino una bastante posterior, 1996, de Seix Barral, cuya portada es una foto de los campos de Gumiel —ahí la excusa para este artículo— que también sirvió de portada en la web de su autor.

Portada de En la hoguera de Concha Arias

 

La obra literaria de Jesús Fernández Santos (1926-1988) ha quedado un poco en segundo plano dentro de Castilla, sin embargo, sus personajes, sus paisajes, sus descripciones y sus conflictos nos dejan un vivo retrato de lo que fue la Castilla de posguerra, tierra dura a la que lograban doblegar unos habitantes más duros que la propia tierra.

En la hoguera es la segunda novela del autor, viaje sorprendente desde la ciudad —se inicia en un Gran Vía llena de luces y cines— al campo, en el que el caminante, siguiendo aparentemente los pasos de la literatura de viajes que casi una década antes había iniciado Camilo José Cela en el Viaje a la Alcarria, recorre a pie varios pueblos de Segovia hasta recalar en uno pequeño, de nombre desconocido, donde intenta reponerse de esa enfermedad que en la España de la posguerra causó estragos: la tuberculosis. Al pueblo, tras una estancia poco gratificante en Madrid, ha regresado también Inés a esperar el hijo que no es fruto de ningún matrimonio bendecido.

El pueblo es como todos, con restos de las murallas que lo cercaron en otro tiempo, un arroyo seco, que se infesta de mosquitos cuando llega el verano, una ermita desafectada reconvertida en vivienda de un gitano, una iglesia llena de polvo adonde el cura acude desde el pueblo vecino, únicamente para las grandes fiestas, un almacén que sirve también de taberna, y la casa de la viuda rica con la cancela del jardín entreabierta.

Cerca hay una mina de yeso donde trabajan algunos hombres del pueblo, y que se va cobrando la salud de más de uno. El resto de sus habitantes trabaja la tierra, que está en manos de cuatro. La sequía de ese año no deja muy buenas perspectivas en el pueblo, y se convierte, casi con la salud de los protagonistas en un personaje más: la silicosis y la falta de agua van resecando no solo los cuerpos sino también las almas, que parecen abocadas a quemarse en una hoguera infernal.

Personajes que apenas se relacionan entre ellos, que apenas se hablan, cada uno en su mundo, en su pequeña parcela acotada de la que rara vez salen. Hermanas que se miran con recelo, ajuares que se eternizan en su confección a la espera de un prometido que no termina de llegar, ancianos que recogen las mismas patatas todos los días —patatas que una nieta abnegada entierra todas las tardes— encuentros amorosos fortuitos, flores en el cementerio, niños taciturnos a los que se les niega la propia niñez…

Asistimos a escenas que nos resultan todavía familiares y nos traen recuerdos de aquellos días de fiesta en los que ir a misa y estrenar «batas floreadas» era obligatorio. Procesiones con los santos en andas, escenas de taberna —el «almacén de Gregorio»— donde el personaje más desgraciado del pueblo va a ahogar los desaires recibidos, escenas cotidianas que nos recuerdan otras más cercanas:

—¿Qué te pasa, hombre?
—¿A ti qué te importa?
La mano de Gregorio que servía el blanco se detuvo un segundo en el aire.
—Te voy a estampar un día el vaso en la cara, para que aprendas a tratar con las personas.

Novela de personajes, seres humanos ásperos, cerrados en sí mismos, cavilando sus próximos pasos al abrigo de la noche.

En la hoguera se abrasan las almas de las personas excesivamente escrupulosas y también los campos sin que nadie lo remedie. Muy significativa una de las escenas entre Miguel e Inés, ya hacia el final del libro.

Miguel envolvió en un ademán los campos abrasados.
—Esto no estuvo siempre así —repuso Inés, adelantándose a sus palabras.
—¿Tan seco?
—Tan seco, tan sin árboles —extendió la mirada sobre el paisaje a sus pies—. Mi padre dice que antes estuvo lleno de encinas.
—¿Pero tu padre lo vio?
—No. Cuando él nació sólo quedaban las del camino real, pero esas las talaron al hacer la carretera.

Aparte de la carretera ¿por qué desaparecieron las encinas, «que llegaban hasta el pueblo»? No desvelaremos el resto del diálogo, lo dejamos ahí, para que el lector averigüe qué fue de ellas.

Nosotros volvemos a la portada, a esa fotografía que a principio de los años 90, al poco de llegar a Gumiel, hizo Concha Arias en algún lugar de nuestros campos —los lectores de Gomelia pueden intentar averiguar dónde—. La tierra está seca, en barbecho, apenas débiles nubes de vaga esperanza en el horizonte, esperanza de una lluvia que nos redima de la hoguera que son nuestros pueblos.

Novela circular, de la ciudad al campo y del pueblo de nuevo a la ciudad, el pueblo ha sido un paréntesis intenso, pero paréntesis a fin de cuentas, que se abre y se cierra, dejando en el aire un hilo de esperanza.

Al volver a la ciudad, aunque sea a su periferia, camino de un manicomio donde acaba de morir su tío, Miguel, el protagonista, no puede quitarse de la cabeza ese pueblo innominado.

El coche del primo le llevó en media hora al manicomio a través de un paisaje agostado, como el del pueblo. Un grupo de obreros, tostados por el sol, que a la salida de Madrid colocaban un tramo de puente, trajo a su memoria los hombres de la mina Teresa.
[…]
A medida que se iban acercando comenzó a reconocer las casas diseminadas entre las ruinas, sin descombrar desde la guerra, donde las gallinas picoteaban el polvo y los perros aullaban al coche hasta casi meterse bajo las ruedas.
—Cuando yo pasé por aquí estaba lloviendo.