Cuando con la excusa de la crisis, los trabajadores vamos perdiendo poco a poco algunos de los logros de años pasados, no está de más recordar cómo se consiguieron algunos de ellos. La huelga de Michelín de hace 40 años fue clave en una España todavía no democrática. A recordarla desde el punto de vista gomellano dedicamos las siguientes líneas.

La huelga de Michelín de 1976 fue una larga huelga de tres meses con gran repercusión social, en un tiempo en que las huelgas eran ilegales. Sin duda supuso un antes y un después en las negociaciones colectivas, que ya con la llegada de la democracia fueron la vía más importante de conseguir mejoras laborales en los años de la transición y posteriores.

Brevemente recordaremos cuál era la situación político y social en aquella España de 1976. Franco había muerto el 20 de noviembre de 1975, Arias Navarro había sido ratificado por el rey como presidente del Gobierno; al frente del Ministerio de la Gobernación (equivalente al actual Ministerio del Interior) estaba Manuel Fraga Iribarne. Quedaban todavía unos meses para la caída de Arias Navarro, el nombramiento de Adolfo Suarez como presidente del Gobierno. La huelga no era un derecho reconocido a los trabajadores, las huelgas eran ilegales.

El Diario de Burgos primero con un artículo de Máximo López [31-01-2016] y más tarde otro, dedicado a uno de sus protagonista por Samanta Rioseras [20-03-2016] han supuesto el recuerdo más aséptico de este suceso que marcó a la Ribera. Mery Varona, en dos entradas muy personales en su blog, nos acerca de una forma más cercana a aquellos hechos que vivió en primera persona. Nosotros aportaremos algo del punto de vista más gomellano, sin olvidar los principales acontecimientos de aquellos días. Nos serviremos para ello de algunos testimonios personales y de las notas que dejó en sus memorias, el gomellano Felipe Ontoso Molero, don Felipe, a la sazón párroco de Santa Catalina, parroquia que desempeñó en la huelga un papel crucial.
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Los hechos

El 2 de febrero la fábrica de Valladolid se declara en huelga, la empresa responde con 16 despidos. En solidaridad se manifiestan los compañeros de Aranda con una serie de reivindicaciones, que solo unos pocos años después, tales como un convenio único o salarios mínimos, subidas acordes con el IPC, en años en los que la inflación tenía dos dígitos, se considerarían básicas en toda negociación posterior. Las reivindicaciones en aquellos primeros días fueron:

  • Readmisión de los despedidos de Valladolid y garantías para los trabajadores de Aranda.
  • Jornada laboral de 45 horas semanales excepto para el turno de noche, que serían de 42.
  • Aumento lineal de 8000 pesetas (aprox. 48 euros) mensuales para todas las categorías. En aquellos años, en los que la inflación llegó a alcanzar el 20% la actualización de los salarios era un punto esencial para poder mantener el poder adquisitivo.
  • Como salario mínimo se pedían 22.000 pesetas (aprox. 132 euros).
  • Finalmente, y dado que la representación de los trabajadores la ejercían entonces los jurados y los enlaces sindicales, se pedía un único jurado para las cuatro factorías españolas que pudiera negociar un único convenio para toda España.

El 5 de febrero, reunidos en asamblea unos 600 trabajadores, se decidió comenzar una huelga indefinida en apoyo de las reivindicaciones. A la mañana siguiente, el turno que debía entrar a las 6 de la mañana inició el paro, iniciándose una asamblea conjunta el turno de mañana y el normal; a mediodía se sumaría el turno de tarde. De esta forma la casi totalidad de la plantilla estuvo en asamblea permanente hasta las 10 de la noche, en que salieron en manifestación hasta el centro de Aranda.

Santa Catalina

Enseguida se vio la necesidad de buscar un local amplio para las asambleas, y ese no fue otro que la iglesia de Santa Catalina. Para algunos, aparte del amplio local, la iglesia ofrecía el adelanto de la megafonía, pero don Felipe, en sus memorias, aporta otro punto de vista, aunque siempre desde su perspectiva pastoral: era un local del pueblo, que había construido con sus manos, y al pueblo debía servir en esta nueva etapa que se habían propuesto.

Creo que ha quedado claro que esta zona era totalmente obrera. Porque eran obreros trabajaban gustosos y sin gran esfuerzo, desde el derribo de las tapias de la huerta, solar del complejo parroquial, hasta la prestación personal en múltiples detalles y ocasiones, durante la construcción del templo parroquial.

El templo era considerado, por lo tanto, como algo suyo y al convocar la huelga y no tener lugar adecuado para sus reuniones socio-políticas, donde deliberar sus actitudes frente a la empresa Michelín, pensaron reunirse en el templo parroquial.

Presentaron una solicitud con todas legalidad firmada por los Jurados de Empresa y la huelga comenzó el 7 de febrero de 1976 y duró tres meses.

El Consejo Pastoral pensó que si queríamos seguir el plan del curso pastoral y hacer vida nuestro objetivo anual, teníamos que encarnarnos en la realidad del pueblo, teníamos que darle ayuda y acogida.

En los párrafos inmediatamente anteriores, el sacerdote había expuesto la necesidad de dotar a la nueva parroquia de una nueva imagen que mostrara preocupación no solo por los aspectos religiosos, sino también por los personales, familiares y sociales. En este último punto, la huelga de Michelín les dio la oportunidad de llevar a la práctica esta nueva imagen.

Los días duros

Un publicación clandestina izquierdista de la época (El Mazo) veía a la mayoría de los trabajadores de Aranda como unos labradores tradicionales y conservadores reconvertidos en obreros industriales para aprovechar las ventajas que daba el tener una Seguridad Social, pero incapaces de llevar a cabo cualquier reivindicación, o cualquier medida de fuerza que sirviera para mejorar sus condiciones laborales. Muchos, según palabras de dicha publicación, estaban dispuestos a seguir trabajando «a cambio únicamente de la cotizaciones de la Seguridad Social», pues seguían trabajando sus tierras y viñas.
Michelin enamel advert sign at the den hartog ford museum pic-053Para dicha publicación, el seguimiento mayoritario entre estos «labradores» fue una auténtica sorpresa. Los gomellanos no fueron una excepción y la mayoría secundó la huelga, aunque no faltó el que mostró la cara más insolidaria de ese conservadurismo, acudiendo al trabajo, con la excusa de tener muchas bocas que alimentar, o sin excusa siquiera: «Vergüenza le tenía que dar. Si con las gallinas de su madre y un par de tragos que se eche de la bodega tiene de sobra», era un comentario recurrente contra algún conocido esquirol.
Según otros testigos, los pocos obreros que acudían al trabajo eran utilizados por la empresa como fuerza desmoralizadora: las calderas y chimeneas de Michelín «echaban humo como en los días de mayor producción». La empresa quería dar sensación de normalidad y de que era solo una minoría la que estaba en huelga, pero lo cierto es que las asambleas en la iglesia de Santa Catalina se llenaban y los trabajadores se daban fuerza entre sí.

C trabaja actualmente en Michelín, antes lo hizo su padre: «La mayoría de la plantilla tomó conciencia social y obrera», También nos trasmite el recuerdo de su padre, ya jubilado, de cómo a los que trabajaron durante la huelga se les hizo un vacío según entraban por la puerta, y que solo el paso del tiempo, de mucho tiempo, consiguió que aquella desafección pasara a un segundo plano. 

Las tiendas de Aranda, que en principio se habían mostrado solidarias y comprensivas con los huelguistas, empezaron a temerse, con el paso de los días, que no cobrarían sus deudas y empezó la presión para que la «vuelta a la normalidad», eufemismo que velaba el abandono de la huelga y la vuelta al trabajo. Lo que más lo sintieron, según declararon después, fueron las empresas de electrodomésticos pues el cobro de alguna letra se demoró más de la cuenta, y sobre todo bajaron drásticamente las ventas en esos tres meses. No todos eran labradores y tenían tierras, según decían los redactores de El Mazo, la mayoría eran obreros que solo contaban con su salario.

«Fueron unos días muy tensos y muy difíciles —confiesa don Felipe en sus memorias—. En el Arzobispado no había comprensión, ni en el Gobierno Civil y Militar, ni en la mayoría de los sacerdotes de Aranda, ni en muchos arandinos, de modo particular entre los comerciantes, pues temían por el cierre de la fábrica».

La incomprensión por parte de las autoridades religiosas, civiles y militares era la que cabría esperar, pero sobre la incomprensión de los arandinos y sobre todo de los comerciantes hay que decir que todavía al día de hoy, y ante los artículos aparecidos en los medios, podemos leer algún comentario contrario a aquella huelga. Sin embargo, la mayoría de los comentarios que encontramos son favorables, sobre todo hacia aquellos compañeros, principalmente representantes sindicales, que se sacrificaron a la búsqueda de una mejores condiciones para todos.

¿Cómo pudo crearse esa conciencia social en tan poco tiempo y entre una población reconocida por todos como conservadora?

Conviene recordar que aunque los sindicatos no eran legales en aquella época, los enlaces sindicales en aquella estructura vertical sí que tenían una conciencia social clara, y que en la clandestinidad actuaban ya sindicatos como USO y UGT.

El 16 de febrero se une a la huelga la fábrica de Lasarte (Guipuzcoa). Se producen despidos en todas las factorías, con especial incidencia también en los enlaces sindicales, es decir entre los representantes de los trabajadores.

A pesar de que no existía el derecho de manifestación se producen algunas, en las que no solo participan los trabajadores si no también sus familias. La Guardia Civil habla de la no necesidad de intervención.

Hay que recordar que el 3 de marzo se habían producido en Vitoria unos sucesos que impactaron sobremanera entre la población civil y deterioraron la figura política de Fraga Iribarne, ministro de la Gobernación: la Policía Armada (hoy Policía Nacional) desalojó violentamente una asamblea de trabajadores reunidos en la iglesia de San Francisco de Asís del barrio obrero de Zaramaga (Vitoria) —la parroquia de Santa Catalina había creado escuela—. Murieron 5 manifestantes por los disparos y quedaron heridos más de 100. No eran, por tanto, tiempos fáciles para andar en manifestaciones y asambleas, pero los obreros de Michelín seguían luchando día a día y codo con codo.

El 12 de marzo los representantes de los trabajadores de Valladolid, Aranda y Lasarte solicitan la mediación del ministro de Relaciones Sindicales, Martín Villa, pero este es implacable, y solo se producirá su mediación si se vuelve a la normalidad, es decir, al trabajo.

La huelga avanzaba y las cajas de resistencia y las aportaciones voluntarias y solidarias de distintos puntos de España no se hicieron esperar.

Los representantes sindicales vuelven a sus centros. En asamblea celebrada en Aranda, y según el ABC (17-03-1976) los resultados de las votaciones fueron: 961 a favor de seguir con la huelga, 34 en contra y 20 en blanco. Los trabajadores de Lasarte, reunidos en la catedral del Buen Pastor en San Sebastián fueron desalojados sin oponer resistencia por la Policía Armada.

Todos los medios se hacen eco de que las manifestaciones siempre fueron pacíficas y respetuosas. En igual sentido se pronuncia don Felipe al hablar del comportamiento dentro del templo de los asambleístas:

En cuanto a los obreros hubo de todo, pero en general fueron correctos y respetuosos con el lugar sagrado y todas las indicaciones nuestras eran casi siempre atendidas y respetadas.

Aunque nada parecía moverse ni en el gobierno ni en el mundo empresarial, lo cierto es que a los dos meses de iniciada la huelga, según nos recuerda C, el gobierno redujo la jornada laboral de 48 a 45 horas en la industria química. Algo se había logrado, aunque fuera una pequeña parte de las reivindicaciones.

Solidaridad internacional

Recorte del ABC donde se da cuenta del apoyo alemánOtro de los puntos importantes que hay que señalar y recordar de este conflicto fue la solidaridad internacional de los compañeros de las distintas factorías europeas.
Fueron varias las medidas que adoptaron en apoyo: paros puntuales, negación a hacer horas extras, venta de bonos, cajas de resistencia.

La huelga española tenía eco en la principal prensa europea y de especial interés es un recuadro aparecido en ABC del domingo 4 de abril, en el que se reseña un anuncio pagado por los trabajadores alemanes e insertado en el Frankfurter Allgemeine (uno de los periódicos con mayor difusión) en el que se justificaba la huelga de los compañeros españoles que reivindicaban, entre otras, «un representación sindical organizada según el modelo alemán». Asimismo se da cuenta en el citado recuadro que los compañeros alemanes pusieron el jueves a la venta unos bonos de ayuda al precio de 2,50 marcos, y que en un día habían recaudado 100.000 marcos, el equivalente a unos 2.500.000 pesetas (aprox. 15.000 euros).

Desgaste y final

La empresa sigue apretando las clavijas, cada vez son más los expedientes y los despedidos. Algunos de estos últimos intentan hacer una huelga de hambre en Madrid en la parroquia María Reina de Vallecas, con apoyo del obispo auxiliar Iniesta, apodado El Obispo Rojo: «Fue una auténtica respuesta de Iglesia a una inquietud y realidad obrera», dice Felipe Ontoso hablando de su experiencia. La Policía Armada, una vez más, desaloja a los obreros en huelga de hambre en Vallecas.

C nos cuenta que según le recuerda su padre, algo en lo que han hecho hincapié los periodistas reseñados al principio, «los compañeros que fueron despedidos se tuvieron que buscar otro medio de vida y algunos se marcharon fuera de aquí, porque se despegaron totalmente de la fabrica». Algún otro, desencantado de las posibilidades de una gran fábrica, también la abandonó y buscó su porvenir en otros sectores a su alcance, pequeños talleres, transporte…

Los ánimos van decayendo. «Durante estos meses —recuerda don Felipe— se intentó el diálogo entre la dirección y los obreros. Fueron meses de gran sufrimiento, por no verse una solución digna al problema. Fueron también meses de mucha solidaridad». Finalmente, el 5 de mayo se da por finalizada la huelga sin haber conseguido la mayoría de las reivindicaciones y sin haber sido readmitidos los compañeros despedidos.Como vimos la reducción de jornada ya se había decretado por parte del gobierno, y las mejoras salariales irían llegando más tarde desvinculadas totalmente de la huelga. La empresa puso todo su empeño en que la huelga apareciera como un fracaso.

Balance

Sin duda alguna no. Para la mayoría de los trabajadores que la vivieron mereció la pena y supuso el inicio para las conquistas económicas y sociales, el preámbulo de los grandes convenios colectivos, la toma de conciencia, la solidaridad…

Felipe Ontoso, desde su parroquia de Santa Catalina, y su punto de vista pastoral, tampoco lo consideró un rotundo fracaso.

Cuando terminó la huelga todos nos hacíamos casi las mismas preguntas: ¿Qué se ha conseguido? La respuesta era evidente: Solidaridad entre los obreros y la presencia de la Iglesia. Estos fueron nuestros primeros pasos hacia una «Nueva Imagen de la Parroquia».

¿Nos ha merecido la pena recordar estos hechos y experiencias cuarenta años después para acercárselos a los lectores de Gomelia?

Sin duda que ha merecido la pena. C se muestra contundente: «A la gente joven ni le interesa ni quiere saber qué pasó. La mayoría de los trabajadores jóvenes de Michelín no saben ni que hubo una huelga allí hace 40 años. Se están enterando por los reportajes que están apareciendo, pero pasan bastante de ello».

Hay hechos que forman parte de la historia, de nuestra historia, de la historia de Gumiel y no debemos olvidarlos. Desde Gomelia nos hemos querido unir también a esta memoria.

Referencias

  • ABC
  • Diario de Burgos
  • El Mazo, boletín de Acción Comunista. Nº 3, junio de 1976 (archivado en la Universidad Autónoma de Barcelona: http://ddd.uab.cat/record/59517?ln=ca)
  • ONTOSO MOLERO, Felipe: Así nació una parroquia. Santa Catalina de Aranda de Duero (1966-1991). Vivencia de un párroco. Imprenta Santos S. L. 2000.